LOS OJOS DE MEDUSA, Benjamín Barajas

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BENJAMÍN BARAJAS, Los ojos de Medusa, Renacimiento, Sevilla, 2017, 76 páginas.

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Hiram Barrios es el responsable de prologar a uno de los aforistas mexicanos más destacados del presente.
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Quizá Voltaire sea uno de los primeros beatos del ateísmo. Sus obras literarias y de pensamiento nos dejan un hálito de religiosidad pura.
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Bernardo de Balbuena inicia en México el estilo fastuoso, dramático y engolado, de gran prosapia hasta nuestros días.
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La fama de los escritores mexicanos es inversamente proporcional a sus fobias y chovinismos.
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Las obras de arte, grandes o pequeñas, son el vivo testimonio de los defectos de su creador.

GATO SIN DUEÑO, Tan Taigi

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TAN TAIGI, Gato sin dueño, Satori, Gijón, 2017, 160 páginas.

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Tan Taigi, uno de los haijin más destacados de la literatura japonesa, se incorpora con este volumen a la magnífica colección "Maestros del Haiku" de la editorial Satori y su cuidada edición bilingüe: 70 poemas en traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.
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 太


hakikeru ga tsui ni wa hakazu ochiba kana


Iba a barrerlas
y acabé no barriéndolas:
las hojas secas.

DIECINUEVE O VEINTE LÍNEAS, Nieves Viesca

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NIEVES VIESCA, Diecinueve o veinte líneas, Septem Ediciones, Oviedo, 2009, 68 páginas.

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LA RED SIN PESCADOR

Mis hilos son la muestra del cansancio que destila la pesca del atún. Yo era una más, dentro del maremagno de redes empleadas en la almadraba. Al amanecer, si habían entrado los atunes, la flota se ponía en marcha desde el puerto. El capitán dirigía el laberinto de las faenas, destinadas a acumular a los comestibles peces en el copo. Tras esta ardua labor, todos los brazos eran requeridos para jalar las redes desde los barcos que cercaban a los copos. En cuestión de segundos, ochenta, cien, doscientos atunes, enloquecidos por la levantada, se revolvían sobre sí mismos. Dando aletazos, las víctimas hambrientas de vida luchaban creando un universo de espuma mezclado con el patetismo de un estruendo ensordecedor. Algunos marineros bajaban entonces de los barcos y caminando sobre tirantes redes, enganchaban los atunes con un bichero. Era el momento en que las hebras de mi malla y el agua se teñían de sangre. Atuneros como Boliche o Camarote permanecían pensativos. Semejando la conjunción del mar y las rocas, el horizonte de sus caras se tornaba en pendientes calles con pasadizos en zig-zag. Una quisiera, que las capturas y los pescadores relacionados con nuestros recuerdos fueran igual que yo; una trama hecha de anudados hilos formando un tejido fino y a la vez resistente. Pero desgarra el peso del vacío. Mi existencia, encallada en la arena de Candás, no representa nada sin el vendaje de unas manos como las de Boliche o Camarote. Sin el sustento de esta banda de gasa soy herida por cubrir, miembro, hueso roto. Tejido de sueltas filas transversales escurriéndose en un momento de desmayo.

DE LOS DERROTEROS DE LA PALABRA, Atiliano Sevillano

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ATILIANO SEVILLANO, De los derroteros de la palabra: microrrelatos, Celya, Salamanca, 2010, 124 páginas.

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SCHEREZADE

   Los cuentos tienen sus falsificaciones. De boca a boca nos ha llegado el rumor de que la joven, bella y astuta Scherezade no relató mil y un cuentos. Tras narrar doscientos ochenta, lamentó estar falta de inspiración, y sólo se le ocurrió un relato hiperbreve.

LEER, André Kertész

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ANDRÉ KERTÉSZ, Leer, Periférica & Errata naturae, Cáceres, 2016, 76 páginas.

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En Palabras preliminares (pp. 5-9) Alberto Manguel predispone sobre el trabajo de Kertész: «Bajo la doble influencia del dadaísmo temprano y del incipiente periodismo documental, la cámara de Kertész encuentra en la realidad objetiva sus límites absurdos». El lector como insolente mirón de la intimidad otros lectores.
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MUJERES DE CIENCIA, Rachel Ignotofsky

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RACHEL IGNOTOFSKY, Mujeres de ciencia, Nórdica / Capitán Swing, Madrid, 2017, 128 páginas.

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«Las mujeres que aparecen en este libro tuvieron que luchar contra los estereotipos para poder desarrollar las carreras que deseaban. Rompieron reglas, publicaron bajo seudónimos y trabajaron por el afán de aprender sin ninguna ayuda.» leemos en la Introducción (pp. 6-7) de este libro divulgativo que presenta semblanzas de estas 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo: De Ada Lovelace a Wang Zhenyi, pasando por Hipatia, Elisabeth Blackwell, Hedy Lamarr o Marie Curie.

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GERTRUDE ELION [FARMACÓLOGA Y BIOQUÍMICA]

   Gertrude Elion nació en 1918 y creció en el Bronx, en Nueva York. Fue una gran estudiante que adoraba todas las asignaturas del instituto y se graduó pronto, a los quince años. No sabia cuál iba a ser su carrera hasta que su abuelo falleció a causa del cáncer. Decidió dedicar su vida a luchar contra la enfermedad.
   Durante la Gran Depresión, a la hora de contratar a alguien, las universidades dieron prioridad a los hombres. Gertrude se había licenciado con honores en el Hunter College, pero las escuelas superiores no ofrecían ninguna ayuda económica a las mujeres, y los trabajos de química eran escasos. Finalmente, después de muchos trabajos tediosos y de un año de escasez económica, formando parte del programa de posgrado de la Universidad de Nueva York, encontró un lugar en el que poder investigar sobre el cáncer en la compañía farmacéutica Burroughs Wellcome.
   El grupo dejó de utilizar el sistema habitual de ensayo y error para desarrollar fármacos. Junto a George Hitchings, estudió la diferencia existente entre células sanas y células anormales y cómo estas últimas se reproducen, para así poder crear fármacos que destruyan únicamente las células enfermas. Gertrude era la encargada de estudiar los ácidos nucleicos del ADN y de ver cómo podían utilizarse para impedir que los tumores se propagaran.
   Empezó a trabajar mientras estaba acabando su doctorado a tiempo parcial por la noche. Su facultad le pidió que dedicara al doctorado todo su tiempo y que dejara el trabajo, pero éste le gustaba tanto que, en lugar de hacerlo así, lo que abandonó fue el programa de doctorado. Fue la decisión correcta. Gertrude, continuó creando diferentes medicamentos que salvaron miles de vidas. En 1950, creó dos fármacos para tratar la leucemia, con lo que empezó una nueva era en la investigación del cáncer.
   Gertrude continuó trabajando con muchas otras enfermedades. En 1978 se produjo otro gran avance, cuando creó un método mediante el cual los antivirales podían dirigirse con precisión hasta los virus sin dañar células sanas. El fármaco resultante se usa para tratar el herpes y ha sido la base de muchos otros antivirales.
   La investigación farmacológica de Gertrude salvó miles de vidas y logró avances enormes en el tratamiento con fármacos. Cuando se te preguntaba por su éxito favorito, respondía: «No discrimino entre mis hijos».


CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

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EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2011, 408 páginas.

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Eva Costa, responsable también de la selección, dice en el Prólogo (pp. 9-18) de los relatos de Pardo Bazán: «han resistido bien el paso del tiempo; mejor que algunas de sus novelas y tanto como sus críticas literarias o sus crónicas de opinión o de viajes».  
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MEMENTO

   El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles —dijo el doctor sonriendo a la evocación— no es el de varios amorcillos y lances parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada paso veo con mayor relieve, es..., la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
   Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde —pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones— en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la catedral; y yo solía abandonar el paseo —a tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos— para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
   De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias...; y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
   Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, le impedía conocer a fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
   Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones;, sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
   Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín de las mejillas, o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto que mi tía le prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis».
   No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia —si es licito expresarse así—, viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
   ¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil, Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza».
   A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pifio se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! Que no entre, que no entre!» «Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «¿Ve usted como el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?», etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
   Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a la corte para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que revelaban ternura, que era preciso excusar a los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó a llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías; «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., que fue de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio y a poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
   De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito..., y, créanlo ustedes, me quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención, Después eché a correr y salí a la calle, resuelto a no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites... Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!