PRISMÁTICOS, Javier Bozalongo

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JAVIER BOZALONGO, Prismáticos, Trea, Gijón, 2017, 58 páginas.


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En la cuarta de las secciones que componen el libro, Gotas de tinta (pp. 45-54) Bozalongo, en su recorrido por el alfabeto, reflexiona, muchas veces hallando ocurrentes greguerías, sobre veintiséis palabras. En las secciones anteriores, todas las secuencias están felizmente precedidas de título. Un pequeño gran libro en el que se desdibujan las fronteras entre el poema breve y el aforismo, con el que el lector podrá aprender a [re]contemplar la vida.
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(ABRACADABRA)

Cuando apagas la luz desaparece el mundo.
Cuando cierras los ojos desapareces tú.
Nunca dejes de asombrarte al abrirlos de nuevo.

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(PATERNIDAD)
 
Lo peor que le puede pasar a un padre es que acaben adoptándolo sus propios hijos.
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(CELOS)

La fidelidad no puede ser nunca una estrategia, sino una consecuencia.
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(LUZ)

El que apaga la luz es un afortunado porque no siempre vivió a oscuras.
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N
—no: qué difícil, a veces, pronunciar palabra tan minúscula.

LA VACA, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La vaca, Alfaguara, Madrid, 1999,  152 páginas.

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Se pasean por estos veinte breves estudios Tomas Moro, Erasmo, Onetti o Tolstoi.
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LOS FANTASMAS DE RULFO

   Juan Rulfo nace, al parecer, en Sayula, estado de Jalisco, al parecer en 1918, y entra en la literatura fantástica por un camino propio y singular. En México no hay hombres-lobo, ni seres reconstruidos en una mesa de operacio­nes, ni vampiros. Pero abundan los fantasmas que se pasean en los cementerios y en las calles de los pueblos perdidos por la miseria, o por la violencia de la Revolución de 1910. Y hay un fantasma que recorre la obra entera de Rulfo en forma de viento, polvo, desolación y tristeza. Si la atmósfera de que hablan los re­tóricos es un elemento fundamental en las na­rraciones fantásticas, las atmósferas creadas por Rulfo son tales que en ocasiones bastan para producir más de un estremecimiento, querá­moslo o no.
   Curiosamente, cuando hice en México una especie de encuesta entre conocedores del género fantástico, varios de ellos opusieron fuer­te resistencia a considerar fantástica esta litera­tura de Rulfo, sustentada en seres no venidos del más allá, sino en pobres almas no desprendidas aún del todo de su condición terrena, tumbas a medio cerrar e insinuaciones de muerte en ca­da página. Tal vez su argumento en contra se basara, una vez más, en que en México las cosas «son así». Y bueno, cada quien tiene los fantas­mas que puede. En cuanto a los de Rulfo, di­fieren ciertamente de los norteamericanos o los europeos en que, en su humildad, no tratan de asustarnos sino tan sólo de que les ayudemos con alguna oración a encontrar el descanso eter­no. Sobra decir que son fantasmas muy pobres, como el campo en que se mueven; muy cató­licos y, sobre todo, resignados de antemano a que no les demos ni siquiera eso. En pocas pa­labras, lo que ocurre con los fantasmas de Rulfo es que son fantasmas de verdad. ¿Significa eso que les neguemos también este último derecho, el derecho de pertenecer al glorioso mundo de la literatura fantástica? Sucede asimismo que ha­ce años se creyó equivocadamente que Rulfo era realista cuando en realidad era fantástico, y nuestra buena crítica estaba convencida de que lo fantástico sólo se hallaba en las vueltas de tuer­ca de Henry James o en los corazones revelado­res de Edgar Allan Poe. Entonces se planteaba también la dicotomía campo-ciudad como el ámbito o los ámbitos posibles de la narrativa mexicana, y en algunos sectores había como la necesidad de escoger tajantemente la ciudad en oposición a los problemas del campo, demasia­do usados ya: la ciudad o nada. Rulfo resistió he­roicamente esa demanda absurda y, para bien, se dedicó a escribir lo suyo.

LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, La expulsión del paraíso, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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AGOSTO

   En febrero las polvaredas nos obligaban a jugar dentro de la casa y en el tapanco. En los aguaceros de mayo la abuela nos obligaba a los nietos a caer de hinojos en la sala, frente a la Virgen de Guadalupe, y nos ponía a rezar para que no cayera la “cola”, que era un cielo negro, cargado de granizo y de truenos y de miedo. Eso sí, terminada la tormenta, corríamos a una barranca cercana a lanzar barquitos de papel.
   De manera que, comparado con los anteriores, agosto era sin duda el mejor periodo del año, no sólo porque eran las vacaciones de la escuela, sino porque la verde y luminosa milpa de la abuela, detrás de la casa, se convertía en la tierra del nunca jamás, la tierra prometida, el país de las maravillas, el mejor escondite para perderse de los padres, el sagrado suelo de los deseos y la ansiedad. 
    Y lo más bello de agosto y de las vacaciones era mi prima Verónica, un caramelo terso y jugoso, de trenzas limpias y unos vestidos ampones y almidonados. Tenía un año menos que yo, y lo más importante de esta circunstancia era que Verónica me obedecía cuando la jalaba de la mano rumbo a la milpa de la abuela. El maíz no había alcanzado su verde madurez, pero su altura era suficiente para ocultarnos tan pronto cruzábamos el umbral del primer surco.
   En la milpa siempre era domingo. Y los rayos del sol no alcanzaban a penetrar nuestro refugio, formado por plantas de maíz y guías de calabaza. En el centro del escondite yo había desyerbado y formado un redondel de tierra fresca y lisa donde Verónica se tendía con las piernas apretadas y las manos cubriéndole el frente del vestido. Mi prima jugaba a negarse y no quería enseñarme la panochita, y yo jugaba a reclamarle y le decía: “Ándale cómo eres, entonces para qué viniste”, pero ella, retozona, decía: “no y no hasta que atrapes un camaleón”, lo que a fin de cuentas me parecía un sacrificio razonable, pues a cambio de arriesgar la palma de la mano sobre las jurásicas espinas del pavoroso animal, recibía de ella la recompensa de subirle el vestidito ampón y luego bajarle sus calzones satinados y repletos de los consabidos olanes para descubrir allí, quieta e inocente, su rajita sonrosada y húmeda que casi me decía: “Ven y bésame los pétalos en flor”.
   Y yo, enternecido, febril, bajaba y la besaba. Un rato más tarde le pedía a Verónica que me tocara el miembro y lo besara. Ella se negaba al principio, jugaba a negarse, pero yo entonces jugaba a obligarla. Verónica simulaba bajar la cabeza a la fuerza. sus mejillas ardían al rozar mis muslos. La quemadura era mutua, correspondida. El camaleón, absorto, no atinaba a correr, y se quedaba quieto, con los ojillos cerrados, en el lindero del surco, bajo la penumbra de agosto.

MIS MOMENTOS, Andrea Camilleri

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ANDREA CAMILLERI, Mis momentos, Duomo, Barcelona, 2016, 224 páginas.

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Relata en este ejercicio de gratitud Camilleri esos «destellos, relámpagos, momentos de mayor nitidez» que la vida le ha ofrecido en su encuentro con Tabucchi, Croce o Primo Levi. 
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PIER PAOLO PASOLINI


   A Pasolini lo conocí por mediación de Laura Betti, quien organizó para tal propósito una cena para los tres en su casa. Pero lo cierto es que aquello resultó un desastre porque desde el primer momento, casi instintivamente, no nos caímos simpáticos.
   Por aquel entonces yo militaba en el Partido Comunista, y él, tras preguntarme por mis tendencias políticas, empezó a atacar la política del Partido. Yo me vi en una situación muy particular. Compartía muchas de las críticas que iba desgranando Pasolini, pero el tono y la forma de sus palabras me impulsaron, quién sabe por qué, a enrocarme en una posición de defensa numantina, a pesar de que Laura se desviviera por reconducir la situación por cauces menos conflictivos.
   Otro día fui a casa de Laura, con quien estaba haciendo un programa de radio sobre las mujeres de Cocteau. Eran la dos de la tarde y me encontré a Laura y a Pier Paolo tumbados, completamente vestidos, sobre la cama matrimonial. Acerqué una silla y me senté al lado de la cama. Pasolini se desinteresó de nuestra conversación y permaneció todo el rato con los ojos medio cerrados y las manos entrelazadas detrás de la nuca. Por encima de la cama, en el lado de la cabecera, había un largo tablón de madera que sostenía una enorme cantidad de libros. Mientras hablábamos, se oyó un tremendo chasquido y un segundo después el tablón cayó con todos los libros justo sobre las cabezas de los dos que estaban tumbados en la cama. Sin embargo, en una fracción de segundo, Pasolini logró ponerse de pie aunque, para hacerlo, tuviera que apoyarse con el brazo derecho sobre Laura, quien de esta forma no pudo levantarse, y se le vino encima no sólo el tablón, sino también todos los libros que en éste se apoyaban. Laura, sangrando, se levantó hecha una furia y empezó a despotricas contra Pier Paolo, acusándolo de haberle impedido moverse de la cama. En lugar de justificarse, Pier Paolo empezó a partirse de risa y Laura decidió pasar a las manos. Tuve que intervenir para separarlos. Pero también Pier Paolo se había enfadado por la agresión de Laura y yo consideré que lo más oportuno era marcharme, dejándolos a ambos para que prosiguieran con su disputa a solas. Estos dos primeros encuentros, por lo tanto, no fueron precisamente afortunados.
   Aún más desafortunado fue nuestro tercer y último encuentro.
   Yo había recibido la propuesta de dirigir una obra teatral de Pasolini titulada Pilade. Leí el texto, me gustó muchísimo y empecé a estudiarlo. Al cabo de diez días, ya me había hecho una idea de su posible puesta en escena. Fue entonces cuando le pedí a Laura Betti que me organizara un encuentro con Pier Paolo. Laura, como tenía por costumbre, nos invitó a cenar. Le expuse a Pasolini mis ideas sobre el montaje y él pareció sinceramente convencido. Hizo algunas observaciones marginales, pero básicamente aprobó por entero mis claves interpretativas. Llegados a ese punto me hizo una pregunta muy concreta:
   —¿Qué actores estás pensando contratar?
   Propuse el nombre de un actor de teatro de gran talento y fama, y añadí que para los demás papeles me pondría en contacto con algunos exalumnos de la Academia Nacional de Arte Dramático con quienes había trabajado ya muy a gusto. Su respuesta fue una especie de prolongada carcajada.
   —¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —le pregunté.
   Él contestó indirectamente a mi pregunta:
 —¿De modo que quieres actores que pronuncien bien el italiano, seriecitos, formalitos, elegantotes…?
   —No —le dije—. Quiero actores que sean actores.
   —Con una buena voz impostada... —continuó.
   —¿Por qué, es que te molestan los actores con la voz impostada? —le repliqué.
   Y él me soltó:
   —Sí, yo no los cogería nunca para el cine, ni siquiera si…
  —Pier Paolo, el cine es una cosa muy distinta, en el teatro es absolutamente indispensable, especialmente en un teatro griego al aire libre, que la voz del actor llegue hasta las últimas filas, de lo contrario no se entiende nada.
  —¡Qué va! ¡ Si coges a gente de la calle capaz de hacerse oír, obtendrás un resultado mucho mejor! —replicó.
  Iba a decirle lo que opinaba cuando añadió:
  —Como aún nos queda un mes antes de comenzar con los ensayos, discutámoslo de nuevo a mi regreso. Tengo que marcharme a un breve viaje, nos veremos a mi regreso a Roma, dentro de unos diez días.
  —Mira, si quieres que trabaje con actores sacados de la calle para montar tu Pilade, renuncio a ser el director—dije.
  —¿Te importa que lo discutamos dentro de diez días?—contestó él, bastante irritado—. Ya daré señales de vida.
  —Y se despidió.
  Nos separamos con una cierta frialdad. Pasaron diez días y él no dio señales de vida. Decidí esperar unos días más antes de llamarlo.
  Pero una noche, en el telediario, me enteré de su terrible muerte.
  Entonces tomé una decisión en la que me mantuve firme. Al día siguiente llamé por teléfono a los organizadores y, sin explicarles las razones, les dije que no me sentía capaz de poner en escena el Pilade de Pier Paolo.

LIBRO DE LAS HORAS, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ HORAS, Libro de horas, Ángel Caffarena, Málaga, 1985, 68 páginas.

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Las cuatro secciones que componen este libro, Pájaros, De la naturaleza de los Ángeles, Ángeles de la Desesperación y el Abandono y Sombras, contienen esos destellos de belleza a los que acostumbrado al lector los libros de Pérez Estrada.  
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Nace el pájaro de la llama
y, encendido,
se evade en la pavesa.

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El ángel del trapecista padece vértigo.
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En el cielo un ángel pastorea nubes aborregadas.
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En el Japón del período Muromachi un joven samurai regaló sus sombra a su Señor, y como la sombra es el ancla del cuerpo, el guerrero, ya libre, voló al infinito dejando tan sólo la cadencia de un haikú amoroso.
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Cuenta Plinio, el Joven, de un país poblado por sombras sin hombres.
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Mis labios, volando en el deseo,
han caído en las redes de tus labios.

UN ABECEDARIO DE EL QUIJOTE, Cervantes

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MIGUEL DE CERVANTES, Un abecedario de El Quijote, Brosquil, Valencia, 2005, 60 páginas.


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Alejandro G. Schnetzer elige grabados de distintos artistas para acompañar pequeños textos tomados de El Quijote organizados alfabéticamente. 
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USANZA

Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, tendió la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro...

PARTE II

CAPÍTULO XXXII

T. Johannot [Imprenta de Antonio Bergnes, Barcelona, 1839]

ACUS, Geyser Costa

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GEYSER DACOSTA, Acus, Libros al Albur, Sevilla, 2017.

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No privilegies el resultado a su búsqueda; el camino es no encontrar las cosas.
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La amistad surge del buen tiempo, el amigo del problema en común.
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No desprecies al desconocido, podría ser el único en cerrarte los párpados.
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El pasado si duele no es pasado.
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La gente que uno ama solo envejece en las fotos.
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Eres, de alguna forma, los amigos que no tienes, las lecturas que te faltan, y el dios que te abandonó.
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La seducción también consiste en aparentar que quien te importa ya no te interesa.
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Curioso que la palabra ojo tenga también nariz.
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La ingratitud la inventaron los hijos.
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Un escritor no pertenece a un país, sino a un espacio. Y ese espacio lo conforma la letra, la palabra, es decir, el signo de su habla.
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Construirse una vida es cuestión de tropiezos.