POEMAS EN PROSA. CONTRA EL SECRETO PROFESIONAL, César Vallejo

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CÉSAR VALLEJO, Poemas en prosa. Contra el secreto profesional, Editorial Laia, Barcelona, 1983, 268 páginas. 

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   Conozco a un hombre que dormía con sus brazos. Un día se los amputaron y quedó despierto para siempre.

LA ALEGRÍA DE LO IMPERFECTO, Javier Sánchez Menéndez

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JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ, La alegría de lo imperfecto, Trea, Gijón, 2017, 72 páginas.

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La realidad es el sueño que no puede cambiarse.
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Vivir es como naufragar, pero sin agua.
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No se puede vivir en la unidad sin haber existido en la separación.
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Para el poeta contemplar el interior es descubrir la naturaleza.
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Nunca amarga el dolor si se compone de naufragios.
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Las batallas solo se ganan con palabras de vitalidad.
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La auténtica belleza suele ser la alegría de lo imperfecto.
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Lo simple, con ética y estética, es verdadero.

HOMO POKÉMONS, Tirso Priscilo Vallecillos

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TIRSO PRISCILO VALLECILLOSHomo Pokémons. Alientos, malalientos y otras exhalaciones, Trea, Gijón, 2017, páginas.
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Nadie vende media naranja.
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En cuestión de amor me conformo con bajar mis expectativas 
hasta la cintura.
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Esa gente que cuando habla corrige en rojo.
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Polvo somos y en polvo nos convertiremos... Y si te quitas la ropa podemos ir practicando.
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Lo que escribo cuando estamos a oscuras es aquello que más me gusta que leas.
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Atraversar: pasar por la vida poéticamente.
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Envoltura de educación religiosa: La marca «Judeo-cristiana» es la que triunfa en occidente.
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Esencia de soledad: Algunas piezas humanas es lo único que se ponen para ir a la cama.
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En estos tiempos no está de moda hablar de hipocresía.
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Esa gente que insiste en que todo le salga redondo, incluso los cuadrados.

FRAGMENTOS DE UN MUNDO ACELERADO, José Óscar López

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JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ, Fragmentos de un mundo acelerado, Balduque, Cartagena, 2017, 212 páginas.
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AMBICIÓN
A Manuel Moyano

   —Todos nuestros esfuerzos son inútiles —dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa misma tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el astro se escabullía bajo una de las lindes del planeta, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo retornaban alrededor de ellos las sombras.

CUENTOS AMABLES, NOBLES Y MEMORABLES, Julio Ardiles Gray

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JULIO ARDILES GRAY, Cuentos amables, nobles y memorables, Ediciones del Cardón, San Miguel de Tucumán, 1964, 108 páginas.

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LA ESCOPETA

   Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
   De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
   “Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías”.
   Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
   Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
   “Qué extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este”.
   El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
   Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
   El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
   “Me estoy volviendo muy abriboca” -se dijo mientras sacudía la cabeza.
   Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
   -¡Esto me pasa por tonto! -gritó en voz alta.
   Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
   “Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa”.
   Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón.
   Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.
   Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:
   -¡El Viejo…! ¡El Viejo…!
   Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:
   -¿Quién es usted…? Yo busco a Leandro…
   La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.
   -¿Qué dice, buen hombre? -dijo.
   -Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro… Esta es mi casa.
   -¿Su casa? -dijo la mujer.
   -¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández.
   La mujer hizo un gesto de extrañeza.
   -Era…-dijo sonriendo con tristeza-. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.
   -¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.
   -Sí… -asintió la mujer temerosa.
   Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.

ISLA SOMBRERO, Juan Carlos de Sancho

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JUAN CARLOS DE SANCHO, Isla sombrero. Cuentos y descuentos, Mercurio, Las Palmas de Gran Canaria, 2016, 146 páginas.
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TOMOKO

   Tomoko es una niña japonesa de Kioto que solo come rollitos de primavera. Disfruta tanto con sus rollitos que no necesita otro alimento.
   Aunque es japonesa le encanta la comida china. En primavera le brotan flores de cerezo por las orejas y la nariz. Entonces Tomoko se va al jardín de la casa, cava un agujero en la tierra y se transforma en una planta. Durante ese tiempo apenas come nada y deja que crezcan los cerezos.

LAS CONSECUENCIAS DE NO TENER NADA MEJOR PARA PERDER EL TIEMPO, Carlos Marzal

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CARLOS MARZAL, Las consecuencias de no tener nada mejor para perder el tiempo, Frida, Madrid, 2017, 52 páginas.
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Cuando se viaja, las ideas sobre el viaje pesan más que la maleta.
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Siempre acaba por llegar un cursi y ponerle un lazo rojo a la carne desnuda.
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La erudición también es una ignorancia parcial, pero con conocimiento de causa.
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Entre las ventajas de la edad se cuenta esta: hacernos creer que nuestras resignaciones son una conquista de la sabiduría.
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Hay pocos placeres comparables al de creerse que los demás envejecen peor.
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La esperanza es la mitad de la aspirina.
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El deseo también incluye una cartografía: nos inclina a ciertos barrios, a ciertas calles, a ciertas casas.
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Hay amores de paso que constituyen un hogar mientras vamos de paso hacia el amor.
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Se nos pasa el arroz incluso para las perversiones propias.