307 HAIKUS, Luis Enrique de la Villa Gil

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LUIS ENRIQUE DE LA VILLA GIL, 307 haikus, El Espolón Encendido, Madrid, 2017, 324 páginas.

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Alfredo Pérez Alencart en Un haiyin llamado Luis Enrique de la Villa Gil (pp. 7-14) destaca el feliz desapego de la ortodoxia del autor, quien, por ejemplo, elige titular todas sus composiciones.
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MEMBRILLO

Fruto de otoño.
De madera amarilla,
exige alquimia.


MACANUDO 2, Liniers

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LINIERS, Macanudo Número 2, Reservoir Books, Barcelona, 2007, 96 páginas.

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LAS CIUDADES DEL HOMBRE, Antonio Rivero Taravillo

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ANTONIO RIVERO TARAVILLO, Las ciudades del hombre, Llibros del Pexe, Gijón, 1999, 120 páginas.
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En (pp. 7-8) Rivero Taravillo presenta estas prosas como «impresiones, casi siempre literaturizadas, de un viajero curioso y algo melancólico que da en escribir sobre algunos lugares en los que ha estado y sobre otros en que algún otro momento ha pensado que quería estar».
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MONDOÑEDO

   En un poema de Guillermo IX Duque de Aquitania, que canta desde la página 38 de sus canciones completas editadas por Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira en la asesinada Editora Nacional, éste —Guillermo— anuncia: Farai un vers de dreit nien («Haré un poema de la pura nada»). Un portento así sólo podía darse en una sociedad, la medieval, en la que la paradoja, prima hermana de la magia, campaba por sus respetos como el duque por su condado de Poitiers, en la Provenza luminosa del siglo XI.
   Ese propósito, esa empresa imposible es frontispicio que conviene a estos párrafos sobre una ciudad en la que si he estado sólo lo ha sido en mi magín, que es palabra que brota de mi guía en esta peripecia: Don Álvaro Cunqueiro. Pues de Mondoñedo sólo sé que alberga catedral, que es cosa principal para una villa, y lo que él haya querido contarme en sus deliciosos libros. Anda por mi biblioteca, descarriado, un pequeño volumen hoy inencontrable en librerías Las historias gallegas. Allí descubrí a Cunqueiro cuando él hacía poco que se había ido (1981). Allí está «Tristán García», la mejor y más conmovedora recreación del mito de Tristán e Isolda que nos haya sido dado leer nunca. Allí también unos tipos humanos tan increíbles que sólo podemos asentir y reconocer que salen de su patria chica. De la Galicia toda, sus personajes. Pero de su localidad lucense, por próxima a su corazón de cronista fantástico, algunos de los más curiosos tipos y sucesos.
   Qué bien nos cuenta, y cómo no podemos sino creerle, algunos episodios de su Mondoñedo mágico: Penedo de Rúa que, agradecido a su cuervo, fue a ver al señor Domingo, el sombrerero de los soportales de la plaza. «Este le hizo una montera para el cuervo, tomando las medidas a una paloma. Una montera forrada y con una cinta de lentejuela. —¡Va a lucir mucho!— dijo el sombrerero. —¡Es un cuervo muy humano!.— comentó Penedo.»
   Cuando Cunqueiro nos presenta a su monte, el Padornelo, lo hace calificándolo así: «un león tendido que muere con la cabeza entre las manos». Lo cual nos recuerda a otro monte céltico, esta vez de Sligo, en Manda. Pues allí donde acaba el camino que va a Innisfree, la islita asociada ya para siempre a W. B Yeats, se divisa «El Guerrero Dormido», una formación de roca antropomorfa, como zooforma es la de Cunqueiro. Y es que nada más pagano (en el sentido etimológico de pagus: lugar) que estas montañas vivas en estado latente, estribaciones de la fábula y el prodigio.
   El Mondoñedo que yo pienso no necesita grandes carreteras ni industrias florecientes, y para tiendas me conformo con un colmado de ultramarinos, una posada donde corra el vino del país, humilde y suficiente. Tiene que haber una puente, así en femenino, que es esencial para un viaje de ida o vuelta a algún gran misterio, y calles empedradas en cuyos resquicios nunca falte un poco de lluvia, recuerdo de la reciente y heraldo de la que ya en el cielo asoma, como a los ojos —también nublados—la hermosura antigua de una plaza y sus pórticos. Ha de haber laureles, jueves de feria, y un bosque, el de Silva, que es redondo nombre para un bosque. Una catedral (de la Asunción) y un seminario (el Real de Santa Catalina).
   Cuando me llevan los demonios y la bilis del mundo destila agrios humores, cojo un libro de Cunqueiro, lo abro y por su ventana veo correr el río de la vida, y en viéndolo pasar, ensimismado —cura de melancólicos, según los antiguos—, me reconcilio conmigo mismo y con mi prójimo. Tiene Cunqueiro una condición beatífica de pan bueno y recién horneado entre latines de tahona de claustro. Y uno se hace pájaro que pica sus miguitas sobre el ensotanado regazo —el negativo de tantas páginas en blanco, hueras— de este laico y pícaro canónigo, que no me negarán que de canónigo sabio son las trazas de su rostro.

EL TALLER DEL ARQUERO, León Molina

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LEÓN MOLINA, El taller del arquero, La Garúa, Santa Coloma de Gramenet, 2014, 108 páginas.

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Sólo dos piedras
bastan para cruzar
hoy el arroyo.

ELLAS HICIERON HISTORIA, Marta Rivera de la Cruz

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MARTA RIVERA DE LA CRUZ, Ellas hicieron historia, Anaya, Madrid, 2011, 64 páginas.

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Cecilia Varela ilustra estas seis semblanzas de Mujeres admirables: la Condesa de Benavente, María Guerrero, María Moliner, Clara Campoamor, Rosalía de Castro, Matilde Montoya, María Zambrano y Anaïs Napoleón. 
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MARÍA MOLINER

   Muy cerca del teatro hay una biblioteca donde trabaja Pedro, el tío de Samuel, que va a buscarle y espera a que termine su turno leyendo un cuento. Luego se sientan en una terraza a tomar un refresco. Samuel cuenta a su tío en qué consisten sus deberes.
   —Debes hablar de María Moliner, que escribió sola todo un diccionario.
   —¿Un diccionario? ¿Entero? Cuéntame cómo lo hizo...
   —Verás, ella nació en un pueblo de Zaragoza en 1900. Sus padres le dieron una buena educación. Estudió Filosofía y letras, y acabó la carrera con sobresaliente. Después ganó unas oposiciones para bibliotecarios y, recién casada con un catedrático de Física llamado Fernando Ramón y Ferrando, se trasladó a Valencia. Allí, María empezó a colaborar en actividades educativas dando clases gratuitas de Literatura y Gramática. Ayudó a poner en marcha pequeñas bibliotecas en los pueblos de la provincia, e incluso escribió una guía donde explicaba los pasos a seguir para formar una biblioteca.
   —¿Para venderla?
   —¡Qué va! Ella decía que el acceso a los libros era fundamental para el progreso de la sociedad, y hacía lo posible para fomentar la lectura. En 1936, empezó a dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia. Por desgracia, la Guerra Civil vino a cambiarlo todo. María, que era fiel a la república, trabajó en puestos relacionados con la organización de archivos, y redactó un plan de bibliotecas para todo el estado. Como la república perdió la guerra, María y su marido fueron apartados de sus trabajos, aunque con el tiempo se les restituiría. Y en 1950 empieza su gran proyecto: escribir un diccionario de uso del español.
    —¿Y cómo lo hizo?
   —Fue un trabajo muy duro: entonces no había ordenadores, y María Moliner tenía que pasar a máquina miles de fichas. Dedicó a esta tarea todo el tiempo que le dejaba su trabajo en la universidad, pero en 1966 el Diccionario de uso del español estaba en la calle. Los estudiantes y los profesores lo recibieron con entusiasmo, pues era un diccionario práctico que explicaba el uso y significado de las palabras y las expresiones populares. María Moliner era una apasionada del español, y quería ayudar a la gente a escribirlo y hablarlo bien. Con su diccionario lo consiguió. A pesar de ello, en 1972 se le negó el ingreso en la Real Academia Española.
    —¿Por qué?
   —Pues eso digo yo: ¿cómo demostrar un mayor afecto por nuestro idioma que escribiendo un diccionario? La historia ha sido injusta con María Moliner, y ojalá las nuevas generaciones se acuerden de ella para así, de algún modo, reparar esa injusticia.

LA LÓGICA DEL DELIRIO, Francesc Marzo Bellot

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FRANCESC MARZO BELLOT, La lógica del delirio, Carena, Barcelona, 2017, 74 páginas.

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A LA VEZ

   Me abalancé sobre la puerta de su casa gritando su nombre, empezando —con la mano izquierda— a dar salvajes golpes, conjugando con la derecha un movimiento repetitivo en el timbre. De repente, paré en seco, percatándome de que algo punzante me había atravesado. A medida que iba cayendo al suelo, mis ojos pudieron observar cómo el mismo fluido rojo que yo perdía a borbotones, empezaba a salir también por la puerta.

CURIOSOS DINOSAURIOS, Agnese Baruzzi

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AGNESE BARUZZI, Curiosos dinosaurios, San Pablo, Madrid, 2016, 70 páginas.


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Subtitulado Mezcla e inventa nuevas especies permite al neolector la documentación y el juego lingüístico y naturalista.
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